La Convención de «Tirsán»; Guáimaro; la Cámara de Representantes, y la deposición de Céspedes: ¿antecedentes y consecuencias directas de Lagunas de Varona?

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Introducción. El mayor general Vicente García González siempre ha cargado con las culpas del fin de la Guerra de los Diez años; unos dicen que por su acendrado regionalismo; otros, los más: que su afán divisionista y de poder absoluto lo llevaron a cargar esa cruz: los menos, pero de mayor poder, que siempre pactó con los colonialistas españoles, cuestión que se acrecentó más, tras su entrevista con Arsenio Martínez Campos, después de la debacle de Zanjón. No se pretende hacer una defensa a ultranza de las malas «acciones» del mayor general Vicente García González y sus hombres, se pretende demostrar, documentos mediante, de que las acusaciones fueron infundadas y maliciosas, que se hicieron cuando ya estaba muerto en Venezuela, y por tanto no podía defenderse. Las reuniones del Mijial y Caletones, fueron de las primeras incisiones en el ánimo de los futuros iniciadores de la Revolución, los amigos de Carlos Manuel de Céspedes entonces, inconsultamente, lo eligieron jefe del proyectado alzamiento, en detrimento de la figura de Francisco Vicente Aguilera, que, hasta entonces, había participado en todas las reuniones previas, como jefe del oriente. Ya, en la efectuada en el fundo del Rompe, en la zona de Bartle, Las Tunas, había sucedido el primer combate, tras el encuentro entre camagüeyanos y orientales, que los primeros no quisieron aceptar. Vendría después Guáimaro, cargado de desavenencias por la forma de gobierno que debería regir los destinos de la nueva república. El doctor Eusebio Leal en una comparecencia por Habana Radio, a principios de esta centuria, y en presencia de Héctor García Soto, bisnieto de Vicente García, dijo sobre ese acontecimiento, Guáimaro: ¿Acaso no nos ha dejado la historia la dolorosa página de la discusión grave que precedió a la Constitución de Guáimaro y aun en la propia sala de sesiones? ¿Acaso no tenemos ante nuestros ojos permanentemente a Céspedes, el Padre, cayendo de lo alto del risco en San Lorenzo, ¿cómo resultado de un acorralamiento político que no tuvo límites? Luego vendría el surgimiento de la Cámara de Representantes, con sus constantes intromisiones en los asuntos militares... y civiles, y más tarde con su infamia más burda: la deposición, en Bijagual de Jiguaní, del primer presidente de Cuba en armas, Carlos Manuel de Céspedes.

Todos y cada uno de estos actos, fueron sin dudas fuertes antecedentes para que ocurriera Lagunas de Varona y Luego Santa Rita, y más tarde, llegara al colofón de la entrega de la independencia de 10 años de cruentos combates, mediante el bochornoso pacto realizado en Zanjón, provincia de Camagüey.

Sin uno, no hubiese existido el otro, es una realidad. En ese mismo programa radial al que hago referencia más arriba, dijo el doctor Eusebio Leal: «Si el general Vicente García tuvo discrepancias con la dirección de la Revolución, la tuvo con hombres que dirigían el proceso histórico, es natural. Generalmente, estamos acostumbrados a una historia ageográfica, a una loa continua y permanente, que omite todo error, todo defecto. Al analizarlo a él, estamos colocando ante un espejo a toda una gran generación, a la cual se le podría preguntar quién de ellos pudo alguna vez no haberse dado cuenta con exactitud dónde estaba el camino correcto. Hoy nosotros vamos a hablar del general Vicente García, colocándolo no separado, sino dentro de la multitud de los que lucharon por la independencia de Cuba y de los cuales su vida y su obra, por razones diversas, se convirtió en un paradigma. En mi ensayo sobre Céspedes, escrito hace varios años, señalé que las figuras que más luz reciben son las que grandes sombras proyectan, pero que nadie puede tratar de comprender las sombras si no ha visto alguna vez la luz. Por eso, acostumbrados a lo uno y a lo otro, introduzco esta brevísima semblanza solo con la intención de rendir tributo, porque allá en Las Tunas, el territorio y hoy provincia de Cuba, que él definió siempre con su actuar como algo muy particular en el Oriente de la nación, es hoy escenario de la veneración, del culto, del respeto a su persona, situado allí, en el centro de la plaza, en su monumento, con su perfil enmarcado por aquel rostro severo, por aquel largo cabello, que lo sitúa junto a Céspedes, Agramonte y los hombres del 68, como uno de aquellos rebeldes que se negaron a aceptar, ni un solo día más, el yugo y la dominación extranjera. Fue Vicente García, gran caudillo de los tuneros, y cuando hablo de caudillo hablo de ese que es capaz de encabezar a pie o a caballo a un pueblo que se rebela. Ese que hay que consultarlo en su casa, o en su hacienda, o en el campamento, o en lo profundo del monte, para todo aquello que se quiera hacer en un determinado territorio. Es un hombre indispensable, sin el cual aquella historia no puede ser contada. Valeroso, entre los que lo fueron, fue llamado el León de los orientales, un batallador, un incansable luchador, y todo el territorio de Las Tunas, pacificado y conquistado palmo a palmo por su machete, y por aquellos incondicionales que le siguieron, se constituyen en una página gloriosa de la Historia de Cuba.» (Leal, Opus Habana, 2005) Analicemos ahora estos hechos, no de forma separada, -como dice el desaparecido Historiador de La Habana- sino de manera unida, para entender el proceder de los hombres que, en ellos, tomaron parte.   El inicio de una nueva era… los preparativos. Durante ciento cuarenta y ocho años mucho se ha hablado de los sucesos de «Lagunas de Varona», se analiza cómo caso aislado, sin tener en consideración los acontecimientos que la desencadenaron, y se concatenan unos a otros. Escúchese la reunión de San Miguel del Rompe o «Convención de Tirsán» primero, luego la Asamblea Constituyente de Guáimaro; la formación de la Cámara de Representantes y todos sus males, y como colofón, la deposición del presidente primigenio, Carlos Manuel de Céspedes y Loynaz, con argumentos vagos algunos, soeces otros, y el incumplimiento, para este acto, de la Constitución votada en Guáimaro en 1869. En San Miguel, la reunión primigenia para llamar a la unidad, y a la guerra impostergable, realizada el día 4 de agosto de 1868, los camagüeyanos, bayameses y holguineros solicitaron prórrogas para el inicio, a pesar de la advertencia sublime de Céspedes: «Señores: la hora es solemne y decisiva. El poder de España está caduco y carcomido. Si aún parece fuerte y grande, es porque hace más de tres siglos que lo contemplamos de rodillas. ¡Levantémonos!» (Céspedes, Paris, Francia, 1893) Pero lamentablemente, como dice la desaparecida doctora Hortensia Pichardo Viñal, en su libro: «Carlos Manuel de Céspedes»: «Este no consiguió convencer a los camagüeyanos que pedían un plazo de seis meses para efectuar el levantamiento, si al delegado de Holguín, Belisario Álvarez Céspedes, quien decía necesitar un año de preparación; Bayamo aceptaba la prórroga. Los impacientes eran los tuneros y el grupo de Manzanillo encabezado por Céspedes.» (Aguilera, p, 17, 1909) En el fundo del Rompe, no se llegó a acuerdo alguno. En una conversación posterior, el 2 de octubre del propio año 68, don Francisco Vicente Aguilera, le promete a Céspedes anticipar el alzamiento para el 24 de diciembre del propio año, a lo que Carlos Manuel le expresa al hombre de Cabaniguán: «Todo lo sé, pero no es posible aguardar más tiempo Las conspiraciones que se preparan mucho, siempre fracasan, porque nunca falta un traidor que las descubra. Yo estoy seguro de que todos los cubanos seguirán mi voz España está revuelta ahora, y esto nos ahorrará la mitad del trabajo Si no me hallara tan seguro del triunfo, no me arrojaría a comprometer el destino, el porvenir y las esperanzas de mi patria. A un pueblo desesperado no se pregunta con qué pelea Estamos decididos a luchar y pelearemos “aunque sea con las manos”» (El Yara, 1893, p, 2-3)

El 7 de octubre de 1868, Carlos Manuel convoca en el ingenio «El Rosario» una reunión unilateral en la que participan 37 patriotas, entre ellos, el propietario de la misma, Jaime Santiesteban, Juan Hall, Bartolomé Masó, Manuel (Titá) Calvar, Pedro y Francisco José de Céspedes, Manuel Socarras, Ángel Maestre, Rafael Caimari y el tunero-manzanillero Juan Fernández Ruz. Allí se toma el acuerdo insólito, e inconsulto, de nombrar a Carlos Manuel de Céspedes, como jefe superior de la Revolución, y fue precisamente en esta reunión donde se toma el cuerdo de Carlos Manuel de Céspedes de que: 

«[…] se acordará que, si cualquiera de los comprometidos se viera amenazado de prisión por el gobierno español, quedará autorizado para levantarse en armas, y los demás centros revolucionarios en la obligación de secundarlos». (Aguilera, p,17, 1909) Cómo efectivamente ocurrió, no obstante, algunos desacuerdos entre los presentes en la referida reunión. Dice el historiador José Luciano Franco en su libro Antonio Maceo: apuntes para una historia de su vida, que:

«[...] a pesar de los acuerdos adoptados en esta reunión, a la que asistió Aguilera, y en la que, sin saberse por qué, presidio Céspedes -todavía la Revolución no estaba en marcha cuando comenzaba la hidra divisionista a asomar su cabeza-.» (Franco, p, 62, 1989)

Tres días antes, en el «Ranchón de los Caletones» propiedad de Titá Calvar, Céspedes convocó a los patriotas conspiradores por solicitud de Francisco Vicente Aguilera, presidente de la Junta Revolucionaria de Oriente, en ella estuvo Francisco Muñoz Ruvalcaba. Allí se le explica a Francisco Vicente de la decisión tomada en «El Mijial de Vázquez» de levantarse el 14 de octubre, en esta se apoyó el planteamiento de Vicente García de levantarse el día 14 de ese mismo mes. Se confirma lo expresado por Vicente García en su alocución a los cubanos reunidos en El Mijial, el 4 de octubre de 1868, de que Juan Fernández Ruz y Ángel Maestre, dos de los impacientes de Manzanillo, se adelantaron a Céspedes: […] «a que se encontraban alzados ya, en Holguín Luis Figueredo, Rubalcava y Ortuño, en Las Tunas, y en Manzanillo Ángel Maestre y Juan Fernández Ruz.» (Pichardo, 1974) Según testimonios de Eladio Aguilera Rojas en su obra «Francisco Vicente Aguilera y la Guerra de los Diez Años» cuando anotó: «[…]Como a las diez de la mañana del 9 de octubre llegaron Juan Ruz y Ángel Maestre, con una fuerza, llevando dos comerciantes españoles prisioneros detenidos en el camino de Bayamo a Manzanillo […]» (Aguilera, 1909) La fecha que habían elegido tuneros y manzanilleros era la del tres de septiembre de ese año, pero los principeños intentaron retirarse de la reunión aludiendo que no estaban facultados para decidir la revolución, pues su territorio no estaba preparado para este tipo de acción, más si, para conferenciar sin tomar o aprobar acuerdos. En la junta realizada en el «Mijial de Vázquez», se toma la fecha del 14 de octubre para el levantamiento simultáneo en todo el oriente cubano, Vicente García tomó la palabra y precisó que, si los demás centros no se levantaban ese día, los tuneros solos se lanzarían a la guerra. Vino el alzamiento de «La Demajagua» el 10 de octubre y cumpliendo lo pedido por Céspedes en la reunión del «Ranchón de los Caletones», Las Tunas, Bayamo y Jiguaní, entre otros del Departamento Oriental, se unieron a la iniciada gesta. Ahora, el problema a discusión en los círculos del Centro Revolucionario de Puerto Príncipe, era el poder que tenía en sus manos el iniciador, autoproclamado Capitán General de los levantados en armas. Para ellos, esto fue una afrenta y motivo de constantes controversias, debe recordarse que la mayoría de los principales jefes camagüeyanos, luego, fueron diputados a Cámara. La práctica de gobierno implantada por Carlos Manuel en Bayamo, fue combatida con saña por muchos revolucionarios, los del Camagüey casi sin excepción, más el caudillo explicó muy tempranamente, el 30 de octubre del propio 68, porque se erigió en Capitán General en una proclama a los bayameses: «Solo la necesidad de regularizar nuestro ejército y de atender a todos los ramos de la administración pública que hemos instalado, nos hubiera obligado a aparecer ante los ojos y nuestros compatriotas con distintivos y empleos que no cuadran a nuestro carácter ni se ajustan a nuestras aspiraciones» (Pichardo, 1974) José Martí referenció este hecho de la manera siguiente: «Que se llamó Capitán General. — Temperamento revolucionario, fijo su vista en las masas de campesinos y de esclavos. A ese nombre están acostumbrados a respetar; pues yo me llamaré con ese nombre. Un cambio necesitaría una explicación. Se pierde tiempo” ¡Se pierde tiempo! Esta es la explicación de todos sus actos, el pensamiento medular de todo su pensamiento colérico…» (Martí, OC, P, 69, 1965)


Guáimaro: las leyes o la guerra. Así llegamos a Guáimaro, donde las divergencias estaban a la orden del día. El punto clave de la reunión era el poder concentrado en torno a la figura de Céspedes.

  Carlos Manuel, que contaba con el respaldo de todos los representantes de Oriente, planteaba la necesidad de un gobierno centralizado, que permitiese tomar decisiones rápidas y enérgicas para lograr una mayor reacción ante cualquier hecho que se produjese, con un mando único, donde las funciones civiles y militares fuesen controladas por la misma persona.

Ignacio Agramonte, que tenía el respaldo de los contingentes camagüeyanos y villareños, era partidario de crear un gobierno republicano dividiendo los poderes militar y civil, aunque colocando el poder civil por encima del militar. Además, de esta forma buscaba una mayor participación de todos los sectores en la dirección de la contienda. A pesar de las grandes tensiones, Céspedes, en aras de la unidad, renunció a su criterio, con lo cual se impuso el bloque conformado por camagüeyanos y villareños, en el cual marcó su impronta el abogado Ignacio Agramonte, de cuya pluma surgió el proyecto de Constitución, que regiría lo que durase la guerra de independencia. José Martí años después escribiría sobre la transacción política que aceptó Carlos Manuel en aras de la unión nacional, al deponer su autoridad en Guáimaro: «El 10 de abril, hubo en Guáimaro Junta [sic] para unir las dos divisiones del Centro y del Oriente. Aquella – el Centro— había tomado la forma republicana; esta, la militar. Céspedes se plegó a la forma del centro. No la creía conveniente: pero creía inconvenientes las disensiones. Sacrificaba su amor propio – lo que nadie sacrifica.» (Martí, 1965) En su artículo: «Cimientos de la Nación Cubana.» Ernesto Álvarez Blanco, historiador de la Ciudad de Cárdenas, analiza al respecto: «A partir del levantamiento independentista ocurrido en Camagüey, el 4 de noviembre de 1868, pocas semanas después del protagonizado por Carlos Manuel de Céspedes, el 10 de octubre de ese mismo año en su ingenio La Demajagua, existieron en los campos de Cuba Libre dos gobiernos y dos banderas distintas. Lo anterior se debía a que los patriotas camagüeyanos no querían someterse al mando de Céspedes, por considerarlo dictatorial. En este sentido, debemos recordar que el Padre de la Patria entendía que su autoridad debía ser acatada por haber sido el primero en alzarse en armas contra el poder colonial español, y que solo un mando único salvaría la unidad de la naciente revolución. A la postre, camagüeyanos, villareños y orientales muy pronto se dieron cuenta de que ese divisionismo no podía continuar, ya que perjudicaba a la guerra de independencia de los cubanos contra España, tanto en su organización, como en su prestigio. Y como por encima de esas diferencias imperaba entre los patriotas el amor a la patria y el afán de lograr su independencia, se convocó finalmente, en el pueblo libre de Guáimaro, una Asamblea a la que debían acudir los representantes de los tres departamentos de la Isla levantados en armas, con la finalidad de formar un gobierno nacional que rigiera por igual en toda la República los destinos de los cubanos.» (Álvarez, 2011) En lo particular, estoy de acuerdo con la autoproclamación de Céspedes, no me gusta emplear la palabra dictadura, pero era la que estaba de moda entonces entre los legisladores, llamémosla Mando Único, como dice en la cita precedente Ernesto Álvarez, que entonces, como en la Sierra Maestra después, dio el triunfo definitivo en enero de 1959. El Mando Único fue esencial para salvar la Revolución Cubana, pues existían dos poderes paralelos que mutuamente se entorpecían, la Sierra y el Llano. Este último ente, había despreciado las fuerzas del enemigo y aumentado subjetivamente las propias, esto dice el Che en su libro «Pasajes de la Guerra Revolucionaria:» […] «sin contar los métodos usados para desencadenarla, Pero lo más importante, es que se analizaban o juzgaban dos concepciones que estuvieron en pugna durante toda la etapa anterior de conducción de la guerra. La concepción guerrillera, la de Fidel y sus tropas, saldría de allí triunfante, consolidando su prestigio y autoridad y nombrándolo Comandante en Jefe de todas las fuerzas, incluidas las de las milicias— que hasta ese momento estaban supeditadas a la Dirección del Llano— y Secretario General del Movimiento Revolucionario 26 de Julio”.» (Guevara, p, 243, 2016) Sin la reunión de los Altos de Mompié, el 3 de mayo de 1958, hubiesen seguido los tropiezos, como los de la Huelga Revolucionaria de Abril. Otro paso importante en este sentido, fue la firma del «Pacto del Pedrero» por el Che y Faure Chomón, donde el Movimiento 26 de Julio, el Directorio Estudiantil Universitario y el Partido Socialista Popular, que, con ella, aglutinaron una fuerza indispensable y valiosa, que ayudaría dar al traste, con el fin de la tiranía de Fulgencio Batista y Zaldívar. En la actualidad el Mando Único prevalece en las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba. Así mismo resultó en los Movimientos de Liberación Nacionales de África, Asia y América Latina de los años 60, 70 y 80. Nadie entonces pensó en una Cámara de Representantes para legislar, pues la única ley era la de luchar y vencer. Así entonces lo vio Fidel, que además de ser abogado y amante de las leyes, tuvo muy en cuenta las diferencias de 90 años atrás. No por gusto en todos los países del mundo nucleados en la ONU, el jefe de Estado, asume, por derecho propio, el cargo de comandante en jefe de sus Fuerzas Armadas. En los ejércitos no solamente es necesario, sino indispensable para un manejo efectivo de las acciones bélicas y la disciplina. Lo más importante para entonces era la lucha armada, no las leyes, que serían el futuro de la patria nueva, Martí al respecto escribió:

«Que instituyó la forma militar. — Él creía que la autoridad no debía estar dividida; que la unidad del mando era la salvación de la revolución; que la diversidad de jefes, en vez de acelerar, entorpecían los movimientos— Él tenía un fin— rápido, único la independencia de la patria. La Cámara tenía otro: lo que sería el país después de la independencia Los dos tenían razón; pero, en el momento de la lucha, la Cámara la tenía seguidamente. Empeñado en su objeto, rechazaba cuanto se lo detenía»  (Martí, p 188-189, 1965)
Digo esto por dos razones importantes, que hay que tener en cuenta: primero, ¿para quién legislaba la Cámara, sino para los soldados del Ejército Libertador? Segundo, ¿a qué pueblo iban dirigidas las leyes promulgadas como la eufemística Ley de Organización de la Instrucción Pública? ¿A qué población se enseñaría, cuando la mayor parte de los campesinos salió para los pueblos y ciudades de la isla, casi al inicio de la contienda?

Dice el historiador Rafael Morales y González en el prefacio de «Hombres del 68»:

«Desde antes de la formación de la República, los émulos de Céspedes, trabajaron para frenarlo, ya que no podían prescindir de él. La Constitución de Guáimaro al crear la Cámara de Representantes como el poder supremo de la República, dándole la facultad de nombrar y remover “libremente” al presidente, fabricó el aparato llamado a domar la impetuosa autoridad natural de Céspedes, avalada por el levantamiento del 10 de octubre y por su gobierno de Bayamo.»   (Morales, 1904)

Y señala algo más importante aún, confesado por Antonio Zambrana: «Y eso no fue todo […] «para impedir que la Cámara se nutriera de orientales [supuestamente céspedistas], la Constitución desconoció la representación numérica y estableció, en cambio, que los representantes de los Estados de Occidente fueran elegidos por los cubanos de aquel Estado que se encuentra en el territorio pronunciado – esto quiere decir Oriente o el Camagüey—, lo cual aseguró para Zambrana y sus allegados y amigos que formaban un grupo ideológico compacto, y habían llegado juntos al Camagüey en diciembre del 68, y privilegio de ser electores exclusivos de aquel estado y escoger entre sí mismos la cuarta parte de los miembros de la Cámara» (Zambrana, p 18) Con esta acción, la guerra al primer mandatario se iniciaba, y era a muerte, así lo dijo el ya fallecido historiador Eusebio Leal: «[…] largo camino marcado por desencuentros e incomprensiones. Sería un golpe terrible para la Revolución» (Leal, 2005) Relato todo esto, para que cuando lleguemos al final, tengamos una idea total de lo que aconteció en las Lagunas de Varona. Como dije, la guerra estaba declarada, zancadillas, entrometimiento en las acciones de los jefes militares, nombramientos de oficiales superiores para sus cohortes, estuvo en el orden del día de los casi seis años, que datan del 68 al 73, en que gobernó el venerable Carlos Manuel.   Bijagual: la deposición del primigenio… ¿Golpe de Estado? Vamos ahora a la deposición de Céspedes, y lo quiero hacer con una pregunta. ¿Fue legal el acto de Bijagual? Para muchos es unánime el criterio de que el más grave error político de él, fue depositar su confianza en el mayor general Manuel de Quesada, para representar a Cuba en el extranjero como Agente General de la República por dos veces. Céspedes tuvo serias divergencias y discusiones con Quesada, una de ellas protagonizada en la « Loma del Mercader» , allí le echó en cara la falta de arrojo y decisión para tomar la ciudad de Las Tunas, cuando ya estaba prácticamente tomada. Y este hecho, le costó el cargo de general en jefe del Ejército Libertador, varias semanas después por decisión de la Cámara. El 15 de diciembre de 1869 el mayor general, Manuel de Quesada, concentró a gran cantidad de jefes para una reunión a la que también invitó a los representantes a la Cámara. Quesada planteó que el desempeño de sus funciones se veía constantemente limitada por la intervención de los poderes civiles, lo que creó un estado de tirantez entre él y los miembros de la Cámara agudizado durante el segundo semestre de 1869. Ese día solicitó mayor independencia para los mandos militares, lo cual recibió el beneplácito de los jefes. Pero al siguiente día, en una segunda reunión, demandó la centralización del mando militar, considerado por muchos como un intento de implantar una dictadura militar. La Cámara de Representantes lo depone libremente al siguiente día, el 17 de diciembre, a causa de algunos comentarios inapropiados del general en jefe del Ejército Libertador Manuel de Quesada, eficiente en sus acciones, pero carente de tacto. El militar camagüeyano rechaza la intención de algunos de sus adeptos de disolver por medio violentos la Cámara. Céspedes en persona debe calmar a algunos de los exaltados, llamándolos a la cordura y al cabal respeto a las leyes republicanas Uno de ellos, el coronel Bernabé Varona, Bembeta, le replica que, desde ese instante, la Cámara comenzaría los trabajos para deponerlo a él mismo y le insiste en que asumiera la dictadura. Sobre este hecho en particular expresa José Luciano Franco, en su libro ya referenciado: «Antes de finalizar el año, aun cuando el Ejército Libertador mejoraba su organización y capacidad combativa, [...] en el campo de la Revolución volvía a asomarse peligrosos síntomas de descomposición. La hostilidad entre la Cámara de Representantes y el presidente Céspedes, era el espejo que reproducía bastante fielmente las diferentes posturas ideológicas entre este y Agramonte; diferencias que culminaron en la destitución del general en jefe, Manuel de Quesada.» (Franco, p, 62, 1989) Pero hay más, el 18 de diciembre, Carlos Manuel cita para «San Diego del Chorrillo» a importantes funcionarios civiles con el objetivo de reorganizar al Gobierno. La Cámara piensa o intuye que sus circulares a los jefes militares los excitan subrepticiamente a la rebelión y a disolver al cuerpo legislativo Es entonces cuando el secretario de Interior, Eduardo Agramonte, se opone al desarrollo de la junta, temeroso de que pudiera ser el comienzo de una guerra civil entre cubanos. El 1.º de enero de 1870, Céspedes firma una orden para que el general Manuel de Quesada salga al extranjero como enviado especial y organizar expediciones La Cámara ve con gran disgusto esta disposición, a pesar de ser una de las atribuciones del jefe del ejecutivo. Es entonces cuando Quesada le replica a su cuñado: «Tenga entendido, ciudadano presidente, que desde hoy mismo comenzarán los trabajos para la deposición de usted.» Seguro que el ilustre caudillo bayamés, recordó lo dicho días ante por Bembeta.» (Pichardo, p 112 ,1974) Otro de los cargos esgrimidos por la Cámara para su destitución fue el de nepotismo. Que levanten las manos los jefes, que durante esa contienda y en las otras que le siguieron, no tuvieron a su lado a la familia, que era la que sabía responder y cumplir fielmente. Además, se le acusaba de hacer uso constante de su prerrogativa de anular instrumentos legales aprobados por la Cámara en sus sesiones ordinarias o extraordinarias. Sobre este tema, José Martí, escribió en su artículo para Patria «Pensar en Cuba»: «Se le acusaba de poner a cada instante su veto a las leyes de la Cámara y él decía “yo o estoy frente a la Cámara, yo estoy frente a la historia, frente a mí, país y frente a mí mismo Cuando yo creo que debo poner mí, veto a una ley, lo pongo y así tranquilizo mi conciencia» (Martí, p 235, 1965) Y así lo hizo, vetó el 18 de junio de 1869 el Proyecto de Ley de Matrimonio Civil. El 5 de agosto, el propio año, la Cámara suscribe de forma forzada, es decir, sin aprobación del Ejecutivo, la Ley de Matrimonio Civil y el Reglamento de Libertos y, ya vetado como explicamos, casi diecisiete días antes, lo pone en vigor. Mientras, el 1.º de diciembre el primer presidente de la República de Cuba, en Armas, veta la ley Electoral presentada por la Cámara de Representantes. El 24 de febrero de 1870, con vistas a una posible sucesión presidencial, la Cámara de Representantes crea el cargo de vicepresidente de la República de Cuba en Armas, y se digna para ocuparlo, al mayor general Francisco Vicente Aguilera. El 30 de junio del propio año, varios diputados quieren reunirse en Caimito para deponer a Carlos Manuel de Céspedes del cargo de presidente de la República, pero no lograron el quórum necesario Ya el 20 de diciembre aborda en el Consejo de gobierno los pasos que está dando la Cámara para deponerlo como primer magistrado. Tres días después en Jaricó con el propósito de deponerlo de su investidura. En carta a su esposa Anita de Quesada escrita ese mismo día, le señala: «Si se comete semejante violencia, por mí nunca habrá perturbaciones y cualquiera [que] sea la ilegalidad del acto, me someteré y dejaré la isla para seguir trabajando en el extranjero por el tiempo de la Revolución» (Pichardo, Ídem)

  El 10 de enero de 1871, nuevamente, el presidente primigenio hace uso del veto ahora con la Ley de Organización Judicial, que le presentara la Cámara.
  ¿Por qué los tantos vetos del presidente? Estas son únicamente dos de sus respuestas a la Cámara:

1.— Proyecto de Ley de Matrimonio Civil. Fundamentación del veto: «El Ejecutivo ha examinado el proyecto de Ley sobre la institución del matrimonio civil, que la Cámara se ha servido pasarle para su sanción. Más le cabe el disgusto de oponerle el veto por ahora, mientras termine la Guerra de Independencia y esté sentada la república en bases firmes e inquebrantables, bajo el dominio e influencia de sus más saludables instituciones y el pleno goce de la paz La razón que existe para hacer este aplazamiento, […] la razón del matrimonio Civil, es que no siendo imposible en la condición falible de todos los sucesos humanos, que nos abandonara el tiempo, quedarían expuestos en ese malhadado caso enlaces que se contrajeran a una nulidad, cuya expectativa abriría un campo grande a la inmoralidad desde los primeros días de nuestra naciente república, Siendo disoluble el vínculo de los contrayentes, muchos de estos solo se propondrían aprovecharse de la precoz institución para satisfacer apetitos de incontinencia. El ejecutivo considera desde ahora oportuno poner objeciones a algunos de los artículos del proyecto de ley. Tal el primero que dice así: “Pueden contraer matrimonio los hombres mayores de diez y siete años, y las mujeres mayores de trece”. Pero es más fuerte y altamente justa la objeción del Ejecutivo en cuanto al artículo quinto, que habilita a los parientes que se hallan en segundo grado, ya en línea recta, ya en la colateral, para poder casarse. Esto ofrecería en la sociedad el extraño espectáculo de ver al abuelo marido de su nieta o viceversa, y a los hermanos convertir en lazos de la fraternidad en los serios vínculos y obligaciones del matrimonio; novedad que suscitaría un grave escándalo en los pueblos de Cuba y en todo el mundo civilizado.» (Ídem) 2— Veto a la Ley de Organización Militar, el veto se basa en: «Al examinar la nueva Ley de Organización Militar dictada por ese cuerpo, no ha podido menos el que suscribe de fijar su atención en ciertas reformas que, de plantearse, pueden sobrevenir inconvenientes de bastante consideración, bajo cuyo concepto opone su veto a la indicada Ley de 20 del corriente abril de 1872, por más sensible que le sea diferir [sic] en alguna manera de los principios sobre los cuales descansa. Si el pensamiento dominante, al erogar la Ley de 9 de julio de 1869 y establecer la de 20 de abril, ha sido dar unidad al Ejército, quizás se hayan equivocado los medios de alcanzarlo, puesto que resalta en toda la ley la mira de privar al centro de Gobierno de facultades que se atribuyen a subalternos, con creación de los jefes de departamento, no se puede permitir. Los nombramientos de oficiales y jefes, constituye otro punto digno de ser considerado, puesto que sujetándolos a la aprobación de la Cámara en el caso en que esta se encuentre en receso, quedan insubsistentes mientras no le recaiga a aquella. Notorias son las dificultades que esta novedad ha de crear, a lo que se agrega la exigencia de que el Ejecutivo haya de acompañar los documentos justificativos de los nombres, frase oscura que debe aclararse para comprender su verdadero sentido, evitando interpretaciones que den ocasión a perjuicios a los mismos interesados. A tiempo que al Presidente [sic] se le limitan las facultades que ya con ese carácter y el de Generalísimo le son propias, se otorga al General en Jefe la de poder nombrar a los jefes y oficiales, cuya prerrogativa debiera limitarse en cuanto a los nombramientos a la simple propuesta de ellos, con lo cual se evitarían sonrojos a los interesados sin prejuicios de que para casos urgentes se les permitiera suspender a jefes y oficiales dando cuenta al Ejecutivo, no siéndole potestativo, en manera alguna, modificar la ley; porque estando en sesión la Cámara, gozaría de más prerrogativas que el mismo Presidente de la República.» (Ídem)

Lo cierto, es que antes de entrar en receso, la Cámara el 29 de abril de 1872, que duró hasta el 25 de septiembre del 73, casi 18 meses, entregó al Iniciador un acuerdo, no refrendado como ley, sino como acuerdo que no tenía valides legal de ningún tipo, que expresaba, que, en ausencia del presidente o el vicepresidente de la República, ocuparía el cargo el presidente en ejercicio de la Cámara, en este caso Salvador Cisneros. Céspedes replica de que, porque no se convirtió en ley, y ellos le responden que no era necesario. Al tomar los plenos poderes que le otorgó el ente legislativo, Céspedes tres días después les contestó que aclaren si es acuerdo o ley (Proyecto) y elevado a sanción, la Cámara no le responde.  

El 27 del mismo mes, Carlos Manuel plantea que ese acuerdo no posee carácter legislativo y que el cargo de vicepresidente de la república si fue aprobado por ley sancionada. Resulta entonces muy curioso que Céspedes, usando las facultades que le otorgaba la Cámara en sus períodos de receso, emitió en el mes de junio el decreto que establecía la sucesión, a pesar de que no coincidía con la necesidad de aplicarlo y de que sabía perfectamente lo que, en última instancia, se pretendía. Pero al llegar a sesionar la Cámara nuevamente, como ya cité, el 25 de septiembre, abolió la ley que facultaba al presidente de la Cámara a asumir la primera magistratura en ausencia del presidente o del vicepresidente, y volvió a ser un acuerdo, que de aplicarse como se aplicó, era una flagrante violación de la Carta Magna de Guáimaro de 10 de abril de 1869. Con ello se violaba el Artículo 5 que dice: «El cargo de Representante es incompatible con todos los demás de la República». (UNAM, 2017) Carlos Manuel de Céspedes, el 18 de octubre de 1873, desde la residencia del Ejecutivo, envía a la Cámara de Representantes un detallado documento de inconformidad en el que explica sobre el accionar de este ente legislativo a propósito del Artículo 5 de la Constitución de Guáimaro: «[…] Pero si ese precedente – el nombramiento del presidente de la Cámara como presidente de la República— si este ejemplo tan digno de imitarse, tiene fuerza, no es en él en lo que el Ejecutivo hace hincapié para probar que con su decreto, en nada “restringe los derechos propios del Diputado” La Constitución dice que el cargo de Diputado es incompatible con cualquier otro destino o empleo; la Cámara, que ha sustentado, llevando hasta el extremo su celo en este punto, que sus miembros no podían ser siquiera vocales en los Consejos de Guerra, aparece hoy inconsecuente con sus principios, admitiendo que un Diputado puede ser Presidente interino de la República. Queda consignado más arriba que una ley no puede ser declarada nula y sin validez sus efectos; que una ley no puede ser más que revocada o erogada; que su necesidad o urgencia solamente puede juzgar quien autorizado para ello, - se refiere a la refrendación por él, como ley, la sucesión del presidente de la República— está en disposición de darla; pues de no ser así, y su hubiera que esperar a que la Cámara declarase esas condiciones, sobre ser nulo el poder conferido podría también ser inútil ante la imposibilidad de reunir loa Cámara, resultando en cualquier caso, sin responsabilidad el Poder que funcionase bajo semejante presión: dicho queda también que loa teoría contraria produciría espantosos males. Males que sobre afectar los derechos delo pueblo – pues ningún Poder es soberano, que la soberanía es del pueblo, y los Poderes tienen cada cual, marcadas sus atribuciones en la Constitución, no siendo ninguno superior al otro, no siendo tampoco loa actual Cámara Asamblea soberana, sino simplemente legislativa— podrían afectar loa fortuna, loa honra y hasta loa vida de los ciudadanos.» (Pirala, p 863-864, 1896) Otra violación era el quórum mínimo permitido y aprobado por la propia Cámara de representantes el 3 de abril de 1872, que era de nueve diputados – en total el cuerpo legislativo era de dieciséis miembros, aunque físicamente fueran trece en 1873—. En la votación celebrada en Bijagual, Jiguaní el 27 de octubre, al retirarse Salvador Cisneros Betancourt insinuando «pudor» por saber que él mismo sería el sustituto, privó a la Cámara de la legalidad de su quórum requerido, y cometió el delito de violar la Constitución. ¿Ellos sabían que era una violación flagrante? Respuesta sí, lo sabían. ¿Ellos estaban consientes que con cerca de dos mil hombres sobre las armas en Bijagual, bajo las órdenes del mayor general Calixto García, se convertía, no en una deposición, como lo legislaba el Artículo # 9: «La Cámara de Representantes puede deponer libremente a los funcionarios cuyos nombramientos correspondan.» (UNAM, 2017) ¡Sí!, también lo conocían. ¿Pero, por qué Calixto García? Las razones las explica en un enjundioso artículo titulado: «Carlos Manuel de Céspedes y sus Apóstoles» del Doctor en Ciencias Históricas y miembro de número de la Academia de Historia de Cuba, el holguinero José Abreu Cardet: «En el Ejército Libertador de Oriente, había dos jefes de mayor antigüedad que él, como mayores generales y de indiscutible prestigio, ambos Modesto Díaz y Vicente García. El uno o el otro podían ser designados jefe del Departamento Oriental, con igual o quizás más derecho y en especial el último— es decir Vicente García— por sus victorias militares y su influencia política Este fue el argumento utilizado por los enemigos del ejecutivo para ganarse su apoyo. Se le daba la posibilidad de quedar al frente de todas las tropas de Oriente si apoyaba a la Cámara en la destitución. En octubre de 1873, en Bijagual. Apoyó a la Cámara en la destitución de Céspedes» (Abreu, 2017) La periodista e historiadora ya fallecida Mary Ruiz de Zárate, en su Artículo «La Gloria de Baraguá», da respuesta a este dilema: «En 1874, se realizó la deposición de Céspedes, por medio de un GOLPE DE ESTADO, que es como se llama sin eufemismo al hecho trascendental que sin quórum legal y apoyado por un grupúsculo civilista y con algunos oficiales adictos y sus tropas, destituyen al que simbolizaba la causa interna e internacional. Lo más grave fue la ruptura del orden institucional, de la ley votada y acatada por todos.» (Ruiz, 1988) Otro gran historiador cubano de talla universal, el profesor José Elías Entralgo Vallina fue preciso en su planteamiento al respecto: «[…] S. Cisneros quería ser presidente de la república. Este se opuso en la junta de San Miguel en 1868 al levantamiento inmediato. Tomás Estrada quería ser presidente de la Cámara. Este fue reformista y quiso desbaratar el pronunciamiento del 10 de octubre» (Entralgo, Historiadores e investigadores cubanos han considerado irreprochablemente legal la deposición. Para ellos todo marchó por cursos extremadamente legales, En otras posiciones —no contradictorias— se manifiestan César Rodríguez Expósito, quien la calificó de injusta, Raúl Aparicio, que la llamó farsa, y Elías Entralgo que la considero abuso, a este acucioso profesor se debe la mayor contribución a este hecho con la siguiente frase, escrita para la Histórica de Cuba en su libro «La insurrección de los Diez Años; una interpretación de este fenómeno histórico»: «[…] no querían un tirano, pero ellos estaban dispuestos a erigirse en dieciséis tiranos». (Entralgo Ídem)

Pero hay más opiniones, la de Jorge Ibarra, un convencido antivicentista que jamás ocultó, escribió sobre la deposición: 

[…] contra Céspedes, más que ambiciones políticas, se movieron las inconsecuencias clasistas del Marqués de Santa Lucia. No quisiera pecar de suspicacia […] atribuyéndole al grupo del Marqués un propósito consciente de liquidar el movimiento revolucionario, pero las fuerzas que se desencadenaron al destituir a Céspedes condujeron a la Revolución del Pacto del Zanjón» (Ibarra, 2019) Fuera Céspedes del poder, la Cámara siguió inmiscuida en los asuntos de la guerra, no perdía oportunidad de meter la mano para vetar acciones importantes para los destinos de la contienda. La próxima víctima fue el general Vicente García, que a pesar de todas las cosas que le achacaban, sin llegar aún a la más grave, lo interferían constantemente, pero siempre ante cualquier vacancia o cualquier situación de problemas de índole militar, él era, para ellos, el idóneo para llevarla a buen puerto. Se cuenta el haber sido en propiedad jefe de todos los Departamentos, secretario de la Guerra y presidente de la República, cuando este ente ya estaba moribundo. Pero la destitución de Céspedes estaba latente, y se mantuvo latente como fantasma, deambulando por los campos de Cuba Libre durante los cuatro años que aún le restaban para concluir la Guerra Grande. Luego, las culpas recayeron, entre otros, en Vicente García. Máximo Gómez en su folleto, «El Pacto del Zanjón» editado en Kingston, Jamaica en 1878, dice: «Vicente García, “campesino valiente y retobado” - que es igual a indómito, obstinado o que se resiste a obedecer, palabra empleada para los caballos en frase como: "el caballo estaba retobado y no había quien lo enlazara"- me propuso en Santa Ana de Lleó, la destitución de Céspedes por los jefes militares, rechazando yo enérgicamente tal invitación al motín.» (Gómez, 1878) Aclaro, que casi todos los militares eran contarios de Céspedes, según lo deja entrever José Luciano Franco. Es cierto que entre Vicente García y el Iniciador existieron serias divergencias, pero ninguna para llegar a tal extremo. El 16 de agosto de 1869, cuando se produce el asalto y toma de la ciudad, dirigida por el mayor general Manuel de Quesada, García y Céspedes discutieron fuerte debido a la actitud de Quesada, eso ocurrió en la Loma del Mercader. En otros lugares y momentos, igualmente disintieron por la falta de atención a las tropas, o por inmiscuirse en los asuntos militares, siempre terminaban en paz, pues entre ambos había una indudable simpatía entre uno y el otro. Lo que sucede, -según mi apreciación- en este ataque de Gómez a García, es la consecuencia imperdonable que el tunero tiene con él, al pedirle a Maceo que lo fusilara en el acto, por permitir los sucesos del Zanjón, y no hacer nada al respecto, siendo Gómez de una gran ascendencia en el campo insurrecto camagüeyano. Pero también es cierto, que en todo Oriente y el Camagüey, se festejó su deposición, sin saber que lo hecho traería consecuencias funestas para la Revolución del 68, y lo que venía detrás, era mucho más maquiavélico que lo que se le achacaba a Carlos Manuel de Céspedes. En el año de 1870, Carlos Manuel de Céspedes, haciendo uso de sus facultades como presidente de la República, dispuso una nueva organización en los mandos del Ejército, nombrando a diferentes jefes en los tres estados en que se dividió el territorio. De este modo, nombró a Francisco Vicente Aguilera, jefe del estado del Camagüey que comprendían los distritos Camagüey bajo la jefatura de Ignacio Agramonte, y Las Tunas, bajo la de Vicente García. Una acción desacertada, por la influencia y el valor de Agramonte y Vicente García. Error que luego corrigió, pero que abrieron divergencias casi insalvables entre Céspedes y Agramonte. Durante la guerra, Agramonte y Vicente García mantuvieron magníficas relaciones, tal como lo revela la correspondencia entre ambos. En una carta de este último al Mayor, solicitaba su apoyo para renovar los obstáculos que se oponían a una perfecta unión, recibiendo la siguiente respuesta del indómito camagüeyano: «... puedo asegurar a usted que Las Tunas, donde tanto se aprecian sus méritos, no se tiene idea más elevada de sus propósitos e intenciones que aquí en Camagüey. En cuanto a mí me ofrezco [sic] a usted, una vez más, mi decidida cooperación en todos los propósitos encaminados al éxito de la guerra.» (Agramonte, 1871) De igual modo, las cartas entre Céspedes y García, cargadas de agradecimiento y de puro amor patrio. Referencio fragmentos de esta carta de Carlos Manuel a Vicente García, firmada en Sabanilla, el 2 de julio de 1869, y aparece registrada en el Libro de Borradores 1, en el Archivo Nacional de Cuba: «[...] muchos agradezco el interés con que usted mira nuestra causa, y de que tiene dadas tantas pruebas relevantes: viva seguro de que la patria le manifestará algún día todo el agradecimiento a que usted es acreedor.» (Céspedes, 1869) Una de las discrepancias entre el León de Santa Rita y el Iniciador, estaban dadas por la poca cantidad de parque y otros pertrechos de guerra, que se otorgaba a la división de Las Tunas, procedente de las expediciones llegadas al país. Esto fue una constante entre ambos, pero siempre se zanjaron de la mejor manera: entre caballeros. Este fragmento de la carta de Céspedes al tunero, fechada en Moja Casabe, el 28 de febrero de 1871, también perteneciente en al ya aludido libro de borradores, dice lo siguiente: «[...] La falta de abundante parque, por otro lado, viene a favorecer los intentos de nuestros enemigos, y hacer más sensible la diferencia numérica de ellos y los valientes soldados de su mando de usted. Sin embargo, ahora es la ocasión oportuna de probar usted una vez más al Ejército Libertador, que en todas circunstanciases bastante fuerte, bastante altivo y capaz de vencer y arrojar de esa zona militar al enemigo, destrozarlo y amedrentarlo para que no ose salir de sus campamentos...» (Céspedes, 1871) Pero no solamente el Iniciador elogiaba a García en sus cartas, sino que se lo comentaba, además, a otros importantes patriotas, como Miguel Aldama, en carta también remitida desde Moja Casabe el 1 de marzo de 1871: «[...] el ciudadano Vicente García, jefe que nos ha dado tantos días de gloria en su División de Las Tunas y que cada vez nos promete nuevos lauros su valor, su entusiasmo y su acendrado patriotismo...» (Céspedes. 1871) El caso es que esas acusaciones se hicieron ya terminada la guerra, la gran mayoría tras la muerte del patricio en Río Chico, Venezuela el 4 de marzo de 1886. Lamentablemente nunca se pudo defender de esas acusaciones. Fernando Figueredo Socarras, dice que hubo jubilo en la comarca de Las Tunas, tras la deposición de Céspedes. No he encontrado, aun, nada al respecto, si se, y los documentos dan fe de ello, que casi el noventa por ciento del tiempo en que Céspedes se mantuvo como presidente de la República de Cuba en Armas, lo paso en áreas de la actual provincia de Las Tunas, donde siempre fue bien recibido y acogido. Ahí está el ejemplo del brigadier Pancho Vega, fiel amigo de Carlos Manuel, y al que propicio seguridad y digno refugio en la zona de Las Arenas.

Lagunas de Varona. Los errores de la Cámara comienzan a salir… Y se pagan. Antes de entrar en materia quiero presentarles la famosa carta, que la historiografía recoge como que fue enviada a un amigo bayamés, y que luego este, la hizo leer a otros amigos de Vicente García, que decidieron partir a reunirse con él, en el demolido ingenio Lagunas de Varona, para apoyarlo. La carta en cuestión fue enviada al coronel Manuel Sanguily Garrite, que no era bayamés, y dice textualmente: «El Pilón, marzo 28 de 1875. Tte. Cor. Manuel Sanguily Estimado amigo: «He sabido que marchó a Las Villas y que ha regresado, aunque no sé si esto es temporal o definitivamente, sin que desde que nos separamos haya tenido el gusto de recibir letra suya. Rompo yo el silencio para darle el ejemplo y estimularle para que vuelva a dirigirme como antes sus cartas noticiándome lo noticiable que, sin embargo, de interesarnos a todos no se inserte en los periódicos nuestros. Ya sabrá que con fecha 7 de marzo del corriente se me nombró jefe del Camagüey, entregando el 13 el mando del 1.er Cuerpo al Gral. Calvar nombrado para sustituirme; Pero de seguro que ignorará las circunstancias que procedieron y siguieron a tales hechos. Usted estaba enterado de las muchas quejas que hasta mi completa separación del gobierno tenía de este, y cuánto lamentaba yo, los desaciertos que iban aumentando el disgusto en el país contra la administración, pues a menudo hablamos de ello. Hoy podría agregar mucho a este capítulo, pero por no ser molesto me limitaré a algunos hechos capitales. Cuando asumí el mando de Oriente y pasé a su territorio, lo hizo también el Gobierno, y este, entendiéndose directamente con los jefes de División, se ocupó a su manera, en mi ausencia, en la reorganización del Cuerpo por la segregación de Las Tunas, previniendo y admitiendo las propuestas de mis subalternos directamente para el reconocimiento de grados, ascensos y colocaciones, y, comunicándome a posterioridad algunas de estas medidas y otras no. A mi juicio dejo la consideración de las equivocaciones e injusticias que se cometían con tan ligero proceder, que me proporcionó no pocos obstáculos. Lo natural parecía que yo hubiera renunciado inmediatamente, pero viendo que iba a agravar la triste situación entonces de Oriente, seguí en el mando y trabajé hasta poner el territorio en el brillante estado en que lo he entregado. Admitida por el Gobierno la renuncia que hizo Calvar de la 2.ª. División, que se confió a Maceo, y limitada aquella a cuatro regimientos, el Ejército dispuso que el Gral. Calvar, que ya no tenía puesto alguno, continuase con el mando de las demás fuerzas que habían compuesto dicha División, hasta nueva orden, cuando pudo y debió dejarlas a mi disposición. Sufrí esta nueva anomalía. Ordené una concentración de fuerzas de la 1.ª. División en Bayamo, entendiéndome con los jefes de Brigadas, porque, aunque el Ejecutivo había nombrado para aquella al general Calvar, esta no se había presentado a concentración. Simultáneamente, el nombramiento de Calvar arregló el Presidente por sí únicamente la expresada División, comunicándome su nueva forma a los jefes respectivos, desde cuyo momento era de entenderse que como nueva disposición cesaba el Gral. Calvar en el mando anómalo de la fuerza a que antes me he referido, debiendo advertir además que antes de esta disposición me dirigí oficialmente al Gobierno inquiriendo cuáles eran la fuerzas con que continuaba al Gral. Calvar hasta nueva orden, contestándome que solo el regimiento de Holguín, así como que este, habiendo entrado en la formación de la 2.ª. Brigada, lo tenía ya en ella al jefe de la misma, Cor. Vidal, que estaba a mis inmediatas órdenes. Hubo que demorar el día de la concentración y naturalmente me dirigí dando órdenes a los jefes de Brigadas, toda vez que Calvar no se había presentado. No obstante, todo esto, cuando concurrí a la citada reunión de fuerzas, encontré que no lo había hecho el 1.º. Batallón de Jiguaní y el 3.º. Escuadrón de Oriente, que previamente había sido llamado, porque Calvar le había dado órdenes en contrario con el objeto punible de perjudicar, como perjudicó, las operaciones que con todas las fuerzas iba a emprender. Oficié a Calvar rogándole el derecho de no contrariar mis disposiciones, ni disponer de fuerza alguna mientras no tomara posesión, y previéndole que inmediatamente dejase aquellas en aptitud de incorporárseme, pues su detención había sido informal o indebida. Recibí en contestación una procaz e insultante nota. Me preparaba a escarmentar a Calvar, pero supe que este, temiendo sin duda las consecuencias de su falta, había marchado al Gobierno. Elevé a este una comunicación adjuntándole copia de la comunicación que había dirigido a Calvar y de la contestación de este, demostrando cuánto afectaba la disciplina militar semejante hecho, y el perjuicio material que había causado, en la natural creencia de que sería puesto a mi disposición para el juicio correspondiente, o que lo dispondría desde luego el Gobierno, justificado como estaba el hecho. Pero con dolorosa sorpresa recibí a poco una nota de la Secretaría de la Guerra en que se limitaba a censurar la insubordinación de Calvar y expresaba que, sin embargo, yo había dado lugar a ella entendiéndome con los jefes de Brigadas en lugar de haberlo hecho con el de la División, desentendiéndose así del fundamento racional de que no habiendo Calvar tomando posesión del destino, no podía ni debía dirigirse a él. Y como si este no fuera bastante aún para hallar la disciplina y ajar mi dignidad, en la propia fecha en que dictaba tan peregrina resolución, nombraba al jefe cuya insubordinación había censurado para que recibiera del superior a quien había faltado el Mando del 1.er Cuerpo de ejército, en premio seguramente de su punible conducta. Inmediatamente […] otros muchos que pudiera referir me han traído el doloroso convencimiento de que el Ejecutivo, cegado por su política de personalidades, de favoritismo, trata por todos los medios de disgustarme y de anular a todos los patriotas que tienen la desgracia o la dicha de no pensar como él, sino que desdeñando apoyar mezquinas ambiciones solo se ocupan de servir honrada y lealmente a su patria, y seguro asimismo de que en el Camagüey se consumaría conmigo la misma conducta, han sido motivos para que yo me separe del servicio con el dolor que usted comprenderá debe sufrir aquel que consagró sus esfuerzos, y su vida desde los albores de la revolución a la causa de su Patria. Deseando que esto conste, he dirigido mi exposición razonada y documentada a la Cámara de Representantes, y con el mismo fin hago a usted estas manifestaciones de que desearía se enterasen todos los buenos patriotas, para que ninguno crea que por voluntad propia no sigo sirviendo, sino que, si no me separo es porque no me es posible ya tolerar más tiempo, las iniquidades de que he venido siendo víctima. Se me ha dicho julio había también venido. Si es así, salúdelo en mi nombre, así como a los demás amigos y usted ordene siempre a su verdadero amigo y s.s. V. García.» Autentican: M. Fonseca y M. Bravo (Marrero, 1997) El interinato de los presidentes que sucedieron a Céspedes, fue un hándicap que mucho perturbó las buenas relaciones entre los mandos militares y la Cámara. La unidad. Así llega el turno de «Lagunas de Varona», a la que muchos historiadores, han llamado «Sedición». en el lenguaje académico y jurisprudente sedición es: «Levantamiento de un grupo de personas contra un gobierno con el fin de derrocarlos, fundamentalmente mediante la vía armada.» (UNAM, 2020) En las valoraciones hechas en el libro «Leyenda y Realidad», su autor Víctor Manuel Marrero lo analiza con estas palabras: «Lagunas de Varona, en primer lugar, desautorizó al entonces presidente de la República, y de esta manera, se colocó fuera de la ley, adoptando el carácter de sedición militar.» (Marrero, 1997) ¿Ocurrió esto en Lagunas de Varona? No, es la respuesta. Se pronunciaron mediante manifiesto, acatando fielmente la Carta Magna de Guáimaro, que en su artículo # 28 dice:

«La Cámara no podrá atacar las libertades de culto, imprenta, reunión pacifica, enseñanza y petición, ni derecho alguno inalienable del pueblo.» (UNAM, 2017)
Reitero no es tampoco un levantamiento, pues no hubo, ni disparos, ni combates, y, por tanto, armas para oponerse a los antagonistas, en caso de que se presentaran como lo hizo Cisneros ya terminada la reunión. Pero, además, dicen los Códigos Penales, antiguos y vigentes, que la palabra rebelión también se utiliza para denominar un delito tipificado generalmente como acto colectivo violento, utilizando armas, con el fin de derrocar a las autoridades legítimas del Estado. Pero, cuando la autoridad es ilegítima, como era el caso de Cisneros, muchos ordenamientos jurídicos consideran que existe un derecho de rebelión en cabeza de los ciudadanos. Así sucedió en la Revolución cubana, al alzarse el pueblo, guiado por Fidel, contra el poder tiránico de Batista, que había violado la Ley Fundamental, al dar el golpe de estado, del diez de marzo de 1952.

Cuáles fueron los principales acuerdos y como fueron tomados por los concurrentes: «A las 10 de la mañana del citado 26 de abril, comenzó la asamblea programática en Lagunas de Varona, —escribe en Leyenda y Realidad, Víctor Manuel Marrero—. En ella, participaban los mayores generales Vicente García y José Miguel Barreto, el general Francisco Javier de Céspedes, el coronel Arcadio Leyte Vidal y otros, los tenientes coroneles Juan Ríus Rivera y Francisco Estrada, los comandantes Esteban Arias y los prefectos Eduardo F. Alcalá y Adolfo Villamar. También participaron otros altos oficiales ya mencionados antes. Se encontraban presentes además el Auditor de Guerra Joaquín Acosta, los diputados Jesús Rodríguez, Lucas Castillo; Miguel Bravo y Rafael y Aurelio Tornés.» Marrero, 1997) El ciudadano Lucas Castillo, en nombre del mayor general Vicente García, expresó:

[…]«el objeto de la reunión era dar lectura a la exposición  instancia que una comisión redactora compuesta del que hablaba en unión del Dr. Miguel Bravo y Sentíes había formulado cumpliendo con el mandato de una Junta de patriotas que había tenido lugar el día anterior; que esa instancia se emitía a la deliberación de todos los C.C. convocados a la reunión, que se apetecía oír la opinión de todos y que era la disposición y voluntad tanto de la comisión redactora, como de los patriotas que en sesión privada habían acordado se formulara el documento, acoger las modificaciones que fueran aprobadas o aceptadas por la mayoría de los concurrentes y que para el mejor orden de la discusión que se entablara proponía se eligiese un presidente y un secretario que dirigiesen el debate […].» (Marrero, Ídem)

En el escrutinio para elegir al presidente se obtuvieron los siguientes resultados: «Jesús Rodríguez, en su condición de presidente de la mesa, expresó que: «Aceptaba la presidencia de ese acto por corresponder a la confianza que sus compatriotas hacían de él; pero que no por esto debía entenderse que se adhería al movimiento político que pacíficamente pretendían los iniciadores de esta reunión, pues si se encontraba en ella era para no desoír a personas respetables que lo habían invitado y porque su patriotismo demandaba que se contribuyera a que los interesados trataran de llenar sus aspiraciones por medios legales que no trajeran trastornos al país y como para conseguirlo debía usar de la palabra para impugnar la instancia de que ya estaba enterado, pedía que se nombrara un vicepresidente.» (Marrero, Ídem) La propuesta fue aceptada, resultando electo por unanimidad el coronel Antonio Bello, a quien se le aplaudió efusivamente. Después ocupó su puesto en la mesa Bravo Sentíes dando lectura, como secretario, al manifiesto redactado, en el cual se consignaban, entre otros puntos, la deposición del presidente, la elección de un gobierno provisional integrado por cinco miembros en el cual estuvieron representados los cuatro Estados: Oriente, Camagüey, Las Villas y Occidente y uno más funcionando como presidente. Varios de los concurrentes lo interrumpieron planteando que no era esa la opinión del pueblo y que, por tanto, no debía seguir expresándose en esos términos. Acosta renunció a continuar usando de la palabra y se ubicó nuevamente en su puesto inicial. El teniente coronel Juan Ríus Rivera en un largo discurso censuró el movimiento y exhortó a los patriotas a empuñar las armas y luchar por la independencia de la patria y no detenerse en actos como el protagonizado allí, persiguiendo demandas de manera tan poco respetuosa. «Lucas Castillo apoyó los razonamientos de Bravo y añadió que estaba convencido de que el fondo y la forma del documento se correspondían con lo que el pueblo deseaba. Nuevamente, usó de la palabra Jesús Rodríguez contra la forma utilizada en el documento, siendo refutado enérgicamente por el coronel Bello, quien haciéndose eco de la opinión de la inmensa mayoría de los presentes, destruyó los argumentos de aquel, al recordar la ilegal y antidemocrática actuación de la Cámara en la deposición de Carlos Manuel de Céspedes: […]«no debía olvidar —dijo Bello— que con la deposición del presidente Carlos Manuel de Céspedes, había arrojado la primera piedra de las escisiones políticas. Que era extraño que los que entonces, y estando la patria en peor situación, no se arredraron ante un acto de tanta importancia y [en el que] el pueblo no tomó participación alguna». (Marrero, Ídem) Lagunas de Varona, por tanto, en mi punto de vista, resultó una asamblea convocada para pedir, cómo estipula el citado artículo, la proclamación de un presidente en propiedad, la renovación de la Cámara de Representantes, y el cese de la intromisión de ella en los asuntos de la guerra. Que se solicitó en Lagunas de Varona, en el acta consta lo siguiente: […] «No pueden olvidar los que firman que se dirigen a patriotas que cuál vosotros, desean el bien de la patria; no debe ocultarse tampoco a los actuales Diputados [sic] que el pedimento que establecen es la mayor prueba de su respeto a la Constitución, por más que crean que los pueblos pueden un día, cuando lo crítico de las circunstancias lo exige, hacer uso de su soberanía y recoger parte de ella que hayan delegado; quieren todavía, por más que en ese caso pudieran hallarse, agotar todos los medios legales, llenar todas las formas y ceñirse a lo establecido y consignado en nuestra legislación Animados por este patriótico deseo, han tomado determinaciones y celebrados acuerdos, han resuelto la línea de conducta que ha de trazar en la historia la verdadera naturaleza del cambio que en la dirección de los asuntos políticos piden Que no se olvide por un momento ese respeto, esa prudencia y ese patriotismo. Que no se olvide ni un instante que, ni quieren procurar trastornos en el país, ni escisión alguna entre los patriotas; que rechazan la idea de banderías y partidos; que en manera alguna los anima mira ambiciosa, personalidad, y odio de ninguna especie. Desempeñada la Presidencia de la república interinamente por un ciudadano, cuyas cualidades de honradez y patriotismo son los primeros en reconocer, esa interinatura sin ejemplo, por su duración, en ningún país regido por instituciones democráticas, copia solo de las regencias establecidas en las monarquías hereditarias, sería por sí sola causa abonada para que se careciese la administración del país de la estabilidad, de la firmeza, de la energía, de la fuerza moral, del prestigio necesario, tanto en el Interior como en el Exterior, condiciones sin las cuales no se concibe la existencia de un Gobierno; no puede moverse este sino, en un círculo exiguo, es impotente, y la impotencia en los gobiernos es la muerte. Disposiciones poco acertadas de ese Gobierno, resoluciones de él emanadas en evidente y palpable contradicción con las doctrinas democráticas, con los principios republicanos tan arraigados ya en el pueblo cubano; órdenes en las que va impresa, a guisa de amenaza, la imposibilidad en que se encuentra de hacer efectivos sus desaciertos; una política de personalidad, favorable y amplia por los que aparecen como amigos de la actual administración, de persecución y vejamen para los que disienten de su opinión; sensibles y deplorables muertes de ciudadanos de cuyo patriotismo nunca se dudó y sobre cuyos acontecimientos se han hecho mil comentarios que desprestigian al Gobierno, máximo cuando este no ha dado ninguna explicación pública que satisfaga la suspicacia del pueblo; la falta de recursos que del Exterior se prometían, a pesar de la influencia, del prestigio y de los elementos con que cuentan los hombres que en el Extranjero asumen la representación del Gobierno; las noticias recibidas de la emigración cubana, en que explícitamente se manifiesta no deben esperarse esos recursos mientras rija los destinos de la patria el actual ejecutivo. […] El disgusto, el malestar de los patriotas aumenta y llega a su colmo, cuando el Gobierno nombra para determinados mandos a ciudadanos que habían sido separados de otros análogos por los males que habían ocasionado, o, en otros casos, porque los agravados se imponen al Gobierno, y le obligan a otorgar su nombramiento. Debilidad, criminal condescendencia, por una parte, amenazas, medidas violentas por la otra. Débil con quien amenaza; soberbio, tirano con quien no levanta su voz. Déspota con unos; sin energía, sin acción, sin poder para los otros. […]El mayor General Vicente García hace un llamamiento al país, invocando su ayuda y apoyo, pide un consejo, demanda su opinión, y en Bayamo, como en otros puntos, se decide apoyarle, formar a su lado, unirse a él, y con él contribuir a pedir a la Cámara de Representantes lo que es objeto de esta exposición.» Por eso, […] «Al patriotismo de los ciudadanos que componen la actual Cámara de Representantes concurrimos hoy pacíficamente, haciendo uso de un derecho constitucional. Fiamos en que ese patriotismo ha de hacer acceder en todas sus partes a nuestras demandas; y como urge toda dilación en que la patria queda en suspenso, en que es de tanta trascendencia toda resolución, porque pueden afectarse los intereses materiales, morales y políticos de la Nación, pedimos una respuesta categórica y decisiva, en el término de veinte días, contados desde la fecha en que por el presidente de la Cámara se reciba este documento. No finalizaremos este escrito sin protestar una y mil veces nuestra sumisión y respeto a las leyes del país, con las cuales continuaremos rigiéndonos. Mientras tenga efecto lo que hoy pedimos, nuestra actitud será pacífica y legal, aunque representamos la voluntad del pueblo. Diputados: el pueblo os habla: cumplid con vuestro deber.» (Marrero, 1997) En este texto trascendental, se piden ocho medidas que debe cumplir la Cámara: la deposición de Cisneros, la creación de un gobierno provisional, que solamente duraría en el ejercicio del cargo cuatro meses, en los cuales trabajará para que el pueblo de Cuba elija cuatro diputados y dos senadores por cada Estado y que una vez en función este gobierno, la Cámara debe disolverse. Una vez cumplido este requisito, ambos entes legislativos nombrarán el presidente en propiedad de la República de Cuba en Armas Durante ese período la Cámara no podrá hacer cambios en la jefatura militar de los Departamentos y preparar de forma expedita la invasión para reforzar al Ejército de Las Villas. Además de la revisión de la Constitución. Más clara ni el agua. No hay amenazas, únicamente se dicen verdades, que, como hierro ardiente, laceran la piel de los que desgobiernan al país. El proverbio de que: «El que a hierro mata a hierro muere» se cumplía con esta valoración formulada en el acta de Lagunas de Varona. El general Vicente García González en su proclama al pueblo de Cuba, dada en la Soledad de Jobabo el 20 de abril de 1875, días antes del envío del texto a la Cámara de Representantes, explicó el suceso de la siguiente manera a los allí congregados: «Compatriotas: Pocas veces ha sentido mi alma tan grata satisfacción como la que experimento al veros aquí reunidos. Permitidme antes de hablaros de asuntos que a [la] Patria interesan, os manifiesto mi profunda gratitud. Habéis acudido al llamado de un patriota que viendo vulnerados los derechos de ciudadano, que presenciado las extralimitaciones del Gobierno, las órdenes dictatoriales contraproducentes y antirrepublicanas dictadas por el actual Ejecutivo, ha apelado a vuestro patriotismo, ha solicitado vuestro recurso, ha demandado vuestra ayuda y consejo, y reunido hoy parte del Ejército Libertador, de ese Ejército que constituye el pueblo cubano, en uso de un derecho constitucional esas extralimitaciones, esos abusos nos obligan a pensar en la sustitución del actual gobierno, por otro, a la altura de su elevada misión, que satisfaciendo el deseo de todos, sea la salud de la Patria y el reflejo de las verdaderas doctrinas democráticas. Para llenar ese objetivo forzoso, es darle la nueva administración, toda la fuerza moral que es indispensable para que ampliándose todas las facultades seamos fuertes ante el enemigo común. Amante del pueblo, celoso defensor de sus derechos, en todos los actos de mi vida pública he aspirado a saber la opinión de las masas, casi siempre olvidados sus votos por la mayor parte de lo que, invocando su nombre, a expensas suyas, y en prejuicio de ellas, han tratado de medrar. No he de proceder yo así y por ello pienso convocar a una reunión general, a fin de que todos los ciudadanos expresen en su opinión y consignen su voluntad. De la discusión que se entable surgirá la luz y expresada, si así se estima oportuno, la opinión general en una especie de programa que pudiera redactar una comisión nombrada al efecto, circular ese documento para que nadie ignore otra intensión. Los fundamentos que lo abonan, las causas que lo promueven. Nuestra actitud es de calma y de prudencia; representamos la razón, hacemos uso de un derecho, hablamos en pro de la libertad, nos amparamos en la Constitución, ni herimos susceptibilidades, ni tratamos de ofender, ni recriminamos a nadie; vemos que la actual administración no cumple bien sus altas funciones, que se extralimita de sus facultades, que interpreta mal el espíritu, deseo y tendencia del pueblo cubano, y sin saña, sin mira ambiciosa alguna, sin odiosidad personal de ninguna especie, con la más recta y tranquila conciencia, aspiramos que todos nuestros actos lleven el sello del más puro patriotismo, a fin de propender la unión entre todos los cubanos, uno de los objetivos principales a que debe tender nuestros esfuerzos. No es mi ánimo prejuzgar ningún hecho; no intento formular una opinión decisiva; yo en esta cuestión no soy entre vosotros, sino un todo, que cumpliendo con un deber de hablaros primero, por haberos invitado, signifique al pueblo que debe elegirse un nuevo presidente para la República en propiedad, y que debe enmendarse la Constitución, en mi opinión deficiente en artículos expuestos de los poderes, en otros, adoptando el de la medida que para el logro de tales objetos y demás luchas que de ellos se derivan sean necesarios. No cabe en un documento de esta especie, expresar las razones que en mi juicio abonan la determinación que propongo, no es posible sin hacer enojosamente largo este escrito enumerar los males que sufre la Patria con el estado actual de cosas. El programa que antes indico debe formalizarse y está llamado a contener esos razonamientos. Ínterin se formula, mientras sea necesario la presencia de los patriotas aquí reunidos, no tengáis cuidado, yo me esforzaré en atender a todos, yo os prometo que no perjudicaré en nada a las operaciones militares, pues me propongo emprender algunas, tanto por inferir daño al enemigo, cuanto para que tengan algunos recursos. Conciudadanos, calma, moderación, prudencia, os pide vuestro compatriota. Vicente García Mayor. General en jefe del Cuerpo “La Soledad”. Abril 20 de 1875.» (Marrero, Ídem) ¿Dónde se pide la fuerza para derrocar al gobierno de facto? ¿Dónde, expresa García, tomemos los fusiles y machetes, y derroquemos el poder que domina y falta a la unidad? ¿Dónde ofende de palabra a los poderes supremos de la patria? Vicente García narra así la llegada a Lagunas del Marqués de Santa Lucia: «El 28, llegó Cisneros, acompañado del subsecretario de la guerra, del diputado Bartolomé Masó, de Ignacio Mora y del ayudante del presidente teniente Dellundé. El presidente, por intermedio de Dellundé, trasladó una comunicación del secretario de Guerra, en que ordenaba la presencia de Vicente García en la zona del gobierno para recibir órdenes. El oficial regresó comunicando a Cisneros que el General contestaría de inmediato la comunicación. Media hora más tarde se presentaron ante el presidente, Bravo Sentíes, el mayor general José Miguel Barreto, el licenciado Lucas Castillo, y el coronel Antonio Bello, en representación de aquella agrupación de patriotas, manifestándole que sería bien recibido como simple ciudadano, pues por todos era altamente estimado, pero que no acatarían sus órdenes como presidente de la República hasta que la Cámara de Representantes no resolviera la exposición que habían de dirigirle.» (Ídem) Recuérdese que Cisneros estaba en el puesto como presidente de facto, ya que su nombramiento obedeció a una serie de irregularidades contrarias a la Constitución que lo elevaron a esa alta posición, y bajo la amenaza de las tropas de Calixto García allí congregadas para ese acto. ¿Se faltó el respeto, al no recibir con los honores correspondientes al marqués de Santa Lucia y su séquito? No se deshonraba y ultrajaba a Cisneros como tal, sino a su representación de la República en Armas como presidente en funciones. ¿Por qué obedecer y rendir honores a quien asumió la gobernanza mediante las armas, en un GOLPE DE ESTADO, como ya expresamos, lo califica Mary Ruiz de Zárate?

Como ya se señaló, allí no había armas apuntando y prestas a disparar al primero que se proclamara en contra de lo que se hacía, —eso lo sabían lo que estuvieron en contra de lo planteado— ni contra partidario alguno de Cisneros y la Cámara, como si ocurrió en Bijagual de Jiguaní. Allí hubo muchos que disintieron como Ríus Rivera y Jesús Rodríguez, que luego fueron de los firmantes de la «Protesta de Alcalá». Copia al calco de la de Lagunas de Varona.

Por tanto, a «Lagunas de Varona», se unió a «Alcalá», y estás a la primigenia de Manuel de Quesada en «Palo Quemado», Camagüey el 16 de diciembre de 1869, donde protestó por la intromisión de la Cámara en los destinos de las operaciones militares, y un día después, el 17, el ente legislativo lo sustituyo, y en «Santa Rita» luego, o la protagonizada por los villareños, para que ningún oficial de otra zona los dirigiera y donde expulsaron a Gómez so pena de pasarlo por las armas. Realmente, mientras los españoles operaban con sus fuerzas por todo el centro-occidental de Cuba, los villareños estaban amotinados con Carlos Roloff al frente. Esta fue la última de ellas. Todos, con la excepción de esta última, fueron según lo estipulado en el Artículo # 28 de la Carta Magna, los que si fueron a las armas para implantar el derecho que pronunciaban fueron los villareños, los otros fueron movimientos de reclamos, no de subversión, ni de acciones contrarias a su punto de vista de unidad, En cuanto a «Lagunas de Varona», la mayoría de las prefecturas orientales, camagüeyanas y villareñas se unieron, dando su adhesión, por la sinceridad, él no uso de las armas y la valentía de los planteamientos que todos anhelaban y no era un secreto. Ahí están las actas. La deposición de Céspedes violando la Carta Magna, si fue sedición: «GOLPE DE ESTADO» grotesco para quien lo dio todo en aras de la patria. Vicente García, al ponerse al frente de este movimiento —Lagunas de Varona—no hizo más que inutilizar a la «Sociedad Secreta Hermanos del Silencio», creada por el Dr. Miguel Bravo y Sentíes, donde se aglutinaron elementos Céspedistas que clamaban por la eliminación física de los promotores de la deposición de Carlos Manuel de Céspedes. Que Lagunas de Varona, Alcalá y Santa Rita fueron un duro golpe para la Revolución, su unidad y la continuación de la guerra, es una burda manifestación para negar los males de la Cámara y el Ejecutivo que sustituyó a Céspedes, y los que luego le sucederían a este, como Estrada Palma, vendedor de la patria a los yanquis, Spotorno y sus sartas de mentirijillas como la famosa ley que llevaba su nombre. Las tropas siguieron la lucha y se ganaron innumerables combates, ahí está la toma de Las Tunas de 1876, un año y cinco meses después de aquella protesta en los potreros de «Lagunas de Varona.» El 8 de marzo de 1895, Spotorno, presidió una comisión de los autonomistas que se entrevistó con el mayor general Bartolomé Masó para persuadirlo de que depusiera las armas y tuvo que pasar por el bochorno de que lo amenazaran con aplicarle el Decreto Spotorno, sancionado por él mismo en la guerra anterior cuando era presidente de la República en Armas. Esos eran los diputados, ese era el gobierno de pícaros, a los que se opusieron los ponentes de Lagunas de Varona, con Vicente García al frente. Quiero hacer un pequeño alto en «Santa Rita», para tratar de borrar la imagen caricaturesca que de ella se dio al pueblo, en la película Baraguá, de Jose Massip. En «Santa Rita» de Camagüey se encontraban acampadas las fuerzas cubanas que marchaban a Las Villas, y el 10 de mayo, recibía el general García una comunicación firmada por el coronel Francisco Varona González y los tenientes coroneles doctor, Rafael Pérez Martínez y Guillermo Cardet, informándole de la insubordinación contra el gobierno de las fuerzas de Las Tunas y su proclamación como general en jefe. Aunque Vicente García, según revela en su diario, estuvo de acuerdo con el contenido del pronunciamiento, no aceptó la proclamación de general en jefe, por la forma en que esto se produjo. Vicente no combatió el movimiento político, porque como él apuntara en su diario: […] «ya la indisciplina estaba muy generalizada frente a un Gobierno y Cámara débiles y vacilantes» (Ídem)

Y no solamente en Las Tunas cundía la indisciplina, sino en otras comarcas de Oriente, Camagüey y Las Villas. Se retiró de Santa Rita al campamento de Palmarito, para alejarse de los insubordinados, aunque lo mantuvieron al corriente de todo lo que ocurría en Santa Rita, con el venezolano José Miguel Barreto y los demás jefes promotores del movimiento contra el Gobierno. 

El pronunciamiento contenía un programa de ideas avanzadas, redactado por Charles Peissont del cual surgió un documento titulado: «Manifiesto de Santa Rita En el potrero de Santa Rita, Prefectura de Sabanalamar, a los once días del mes de mayo de 1877, a las ocho se reunieron en junta solemne, los que abajo firman, con objeto de discutir y decidir sobre la actitud que debían tomar, con relación a los movimientos principiados en Oriente, efectuados en Las Tunas y apoyados por las fuerzas y el pueblo de Camagüey en sentido reformista. A tal virtud y discutido suficientemente tan importante asunto, los C.C. referidos acordaron por unanimidad lo siguiente: 1.º. Declarar bajo su palabra de honor no reconocer, atacar, ni sostener al gobierno presidido por el ciudadano Tomás Estrada, por haberse manifestado en todas ocasiones enemigas de la soberanía del pueblo cubano, empleando la coacción contra sus más legítimas aspiraciones y haber hecho decaer por sus medidas antipolíticas la situación pública que había adquirido a costa de tantos sacrificios en más de 8 años de constante lucha. 2.º. Que se sustituya al Gobierno a que alude el artículo anterior con otro cimentado bajo las bases de la verdadera República. 3.º. Indicar la urgencia de nombrar un General en jefe [sic] para el Ejército de la República, teniendo para ello en cuenta, peticiones sobre el particular, dirigidas al cuerpo Legislativo y la probada necesidad de unificar aquel para oponerse con buen éxito a las invasiones del enemigo, puesto que la forma adoptada hoy nos llena ese vacío. 4.º. Excitar el patriotismo de los C.C. Para que procedan sin demora a la proclamación del General en jefe y el que resulte proclamado, para que asuma el mando tan pronto como sea posible. 5.º. Ponerse los firmantes en comunicación con las fuerzas de la República a fin de unificar el movimiento por medio de comisionados a confianza en primera oportunidad. Por conclusión, los firmantes de la presente acta protestamos solemnemente, que, al asumir la actitud indicada en ella, no nos guía ambición, interés personal ni miras de venganza contra nadie, sino que lo hacemos solamente impulsados por el más puro patriotismo, deseamos al mismo tiempo de que el actual orden de cosas sea sustituido por otro, cuya tendencia corresponda dignamente a los sacrificios consumados por la independencia y libertad del país.» Pero además enarbolaron un programa que contenía diez artículos en los que señalaba: «Arto. 1.º. El Gobierno de la nación cubana será el sistema republicano democrático social. Arto. 2.º. La soberanía del pueblo será la base de la organización política de la nación. Arto. 3.º. Disolución del actual gobierno y convocatoria de una constitución, porque ha de regirse el pueblo cubano, mediante la ilegalidad de que adolece la anterior, por no haber recibido los que la formaron, poderes al efecto, ni haber sido sancionada por la soberanía nacional, y también por los vicios que en la práctica de ella se ha venido demostrando. Arto. 4.º. Los supremos poderes del Estado, serán elegidos por el sufragio universal directo. Arto. 5.º. Nombramiento de un General jefe. Arto. 6.º. Transitoriamente, el General en jefe y los jefes de cuerpo asumirán la jurisdicción administrativa, política y civil, tal como de atrás se viene practicando y la organización del poder judicial, bajo las bases de seguridad, garantía y rapidez que conviene a la administración de justicia. Arto. 7.º. Creación de una ley de responsabilidad, haciéndola efectiva en todos los casos. Arto. 8.º. Supresión absoluta de todo comercio con el enemigo, o sea la introducción en sus líneas bajo cualquier concepto de productos del país. Arto. 9.º. Arreglo destinado a recompensar y proteger legalmente a los heridos e inutilizados en campaña, así como a todo ciudadano que en cualquier caso se haya hecho acreedor a la gratitud nacional. Arto. 10 o. Que la constitución que se forme, no prejuzgue de los destinos ulteriores del país, conseguida la independencia, sino que rija solamente durante el estado de guerra. Los infrascriptos protestamos solemnemente antes de concluir que al dirigir a nuestros compatriotas el presente programa, únicamente nos guía el deseo de que por todos sean conocidas las ideas políticas que sustentamos. Conocedores de la deficiencia de nuestras facultades intelectuales, somos los primeros en proclamarla, esperando que este trabajo sea perfeccionado oportunamente por la mayoría de los que profesan iguales opiniones.» Archivo Nacional, 1876) Vicente García, en una entrevista con el coronel Fonseca y el teniente coronel Juan Ramírez Romagoza, los reprendió por el paso prematuro y fuera de oportunidad que habían dado. Pero que se comulga en «Santa Rita», si no lo que todo el Ejército Libertador está pidiendo desde la Asamblea Constituyente de Guáimaro y Lagunas de Varona, y que solamente duró apenas dos meses y medios, tras la destitución de Manuel de Quesada del cargo al que fue nombrado por ese mismo ente legislativo al comenzar sus labores. Pues nada menos que el nombramiento en propiedad de un jefe Supremo que aglutinara en él, poder soberano y absoluto sobre los destinos de la Guerra. Eran los mismos que habían puesto los orientales sobre el tapete desde la reunión en el fundo del «Rompe». Era lo necesario, ya expliqué los por qué. Lo que estaba fuera de lugar para el contexto histórico de la época, fue el llamado al nacimiento de una República con un sistema republicano democrático social. Las causas también las enumeraré. Es muy interesante el análisis de Vicente García al contraponer la actitud de Barreto, a quien considera un conspirador de oficio, y sus obstáculos a la unidad, y la de Peiso, quien de buena fe creyó posible imponer ideas del medio europeo a la situación cubana: […] «que está acostumbrado a trabajar en ella (la política), pero en otros países que en nada pueden compararse con el nuestro; por lo cual y al no tener todavía la suficiente experiencia de nuestra situación y de nuestros asuntos, puede cometer errores perjudiciales a la patria.» (Marrero, Ídem) Ciertamente, el general José Miguel Barreto, había participado en pronunciamientos políticos, anteriores, no solamente en Cuba, sino además en su país de nacimiento, Venezuela. Así ocurrió en «Lagunas de Varona», donde tuvo participación activa y ahora, en «Santa Rita», aparecía encabezando el motín, junto a Bravo y Sentíes. Y no lo llamó así, como tampoco llamé sedición a «Lagunas de Varona». Pues no hubo armas, no hubo frenesí contra los poderes del Estado cubano, fuesen de facto o por interinatura prolongada o no. «La incidencia negativa de este alto oficial en la Guerra de los Diez años se repetiría en el período posterior, aunque desconocemos bastante sobre su personalidad para llegar a alguna conclusión sobre las razones de su actuación.» Decía en su Libro Leyenda y Realidad, Víctor Manuel Marrero. El capitán Charles Philibert Peiso, es un personaje muy interesante, fue uno de los emigrados franceses que llegó a Cuba con más de 40 compañeros participantes todos en la Comuna de París en 1871, y este, había estado entre sus principales dirigentes: Peiso se incorporó a Vicente García en la zona de Puerto Príncipe en 1873, junto a Jean Bennon y Clodomire Pampillón. El primero de ellos, por indicación de Vicente García, consiguió empleo como secretario del Gobernador de la Ciudad de Las Tunas, mediante Pedro Agüero González, primo hermano de Vicente García, quien laboraba en la Plaza de Armas. Desde allí sirvió en la contrainteligencia militar con el seudónimo de Aristipo. Después del asalto y toma de Las Tunas en 1876, a la que Peiso contribuyó decisivamente, se incorporó a las tropas de García con el grado de capitán, soñando siempre con la creación de una república socialista como la que se había proyectado por los comuneros en su país. Fernando Figueredo Socarrás señalaba sobre él en su obra «La Revolución de Yara»: «Mons. Carlos, a quien se había reconocido el grado de capitán por sus importantes servicios, era un hombre de talento enérgico, de ideas avanzadas, ideas que predicaba constante y ardientemente y que encontraba simpática acogida en las masas, principalmente en todos los que rodeaban al general García. Amigo de la República Universal […], demagogo que con calor defendía sus irrealizables utopías, sus sueños de socialismo y hasta de comunismo. Se le creía por la generalidad un hombre altamente inconveniente, y mucho más junto al General García.» (Marrero, 1997) Figueredo Socarrás tilda a Peiso de demagogo. Sin lugar a dudas el más funesto análisis sobre la personalidad de Peiso, quizás por la raíz de su error político, al querer transpolar ideas de otros países con clases obreras organizadas por Partidos de Vanguardia, al medio cubano. Quiero agregar más de Mons. Carlos o Peissont. Fue Gran Sargento de la Comuna de París en 1871, donde se enucleó con los máximos dirigentes del levantamiento, le iba bien en el manejo de las armas de fuego y las blancas. Pero debemos poner el acontecimiento en su justo lugar, analizándolo a la vuelta de los años, con las herramientas que nos brinda el Marxismo-Leninismo. En mi libro en proceso «Madrugada de los Gallos» sobre la Toma de Las Tunas en 1876, soy enérgico en un planteamiento que quizás parezca ilógico o atinado, y es que, no por gusto, muchos de los enunciados de los acuerdos de «Santa Rita» llevan la impronta de revivir lo acontecido durante los días de septiembre de 1871, y lo que se debía haber hecho desde el principio para lograr la llegada al poder de las masas de obreros y campesinos mediante la lucha armada en París. En el caso cubano, era haber seguido las ideas de Céspedes y lo que le aconsejaron innumerables veces: asumir la dictadura, o sigamos llamándole Mando Único En contra, tuvimos en Cuba dos grandes desventajas con relación a los acontecimientos franceses: primero, no existía clase obrera organizada, y segundo, no contábamos con un Partido auténticamente revolucionario que liderara tal empeño, como si ocurrió en la Guerra Necesaria que Martí hábilmente, al frente del Partido Revolucionario Cubano, preparó, organizó y sé su puso a la cabeza de toda esa pléyade de combatientes que esperaban la reanudación de la Guerra Grande. En la Contienda del 68, los partidos y los dictados de estos, eran los de los líderes de tropa, «amén de la Cámara o el Gobierno» que mandaban e imprimían como mandato político o militar sus pensamientos, errados o no. Lo cierto es que Santa Rita, y así lo veo: fue la primera manifestación de socialismo en la historia de Cuba. Como tal debemos verla. El propio Federico Engels, en el vigésimo aniversario de la Comuna, el 18 de marzo de 1891, escribió para la edición de “La Guerra Civil en Francia” de Carlos Marx, y luego publicada en Berlín en el propio año: «Mirad a la Comuna de París: ¡he ahí la dictadura del proletariado,» a lo que Marx apostilló: Y el «Gobierno de la clase obrera» (Marx, 1891) Pero volvamos al hilo de la narración que no se ha perdido: El año de 1877 transcurría lleno de dificultades para la Revolución, a pesar de los triunfos que se obtenían sobre los colonialistas. Vicente García, debido al movimiento político de sus subordinados en Santa Rita, no pudo marchar a Las Villas, aunque es dudoso que hubiese podido partir, aun sin ese pronunciamiento, si consideramos los factores antes señalados. En carta a Carlos Roloff, escribía: «Cuando el Gobierno me había prometido 250 o 300 hombres con el parque necesario, para llevar a efecto la operación de mi marcha, dejo al buen juicio de usted, imaginar cuál sería mi extrañeza al ver solo seis mil tiros, después de acabar de entregar yo mismo más de 60 mil y por todo contingente mi escolta montada que no pasa de treinta y pico de jinetes. […] Era que del propio círculo del Gobierno salían comisiones encausadas a trastornar mi opinión favorable a Las Villas con propagandas de mal genio, llegando el descaro al grado de ofrecer colocaciones ventajosas a la mayor parte de los jefes y oficiales de mi estado mayor con tal de que desistieses de acompañarme (…). Sin embargo, incansable como siempre seré en mis ideas, confió en el porvenir, si Dios no dispone otra cosa, podré bajo mejores auspicios dar cima a las exigencias de la justicia y de mis propias convicciones. Entre tanto no perderé oportunidad en hacer cuanto esté a mi alcance en obsequio de ustedes que con tanta abnegación [sic] están sosteniendo allí en glorioso pendón de nuestras libertades (…).» (Marrero, 1997) Según Vicente García, el presidente de la República, don Tomás Estrada Palma, trabajaba contra la Revolución, sobornando a los jefes que debían acompañarlo a Las Villas para que no fueran. — Y quizás, hacerlo desaparecer por ser un líder insobornable, que les traía a la Cámara y al Ejecutivo serios dolores de cabeza. Esta última frase es mi aporte al pensamiento de nuestro mayor general. El 14 de diciembre de 1876, se presentó ante el general García un grupo de Las Villas manifestándole que aceptase el mando de aquel Departamento, Vicente García le respondió que estaba de acuerdo con dicha disposición, siempre que el gobierno lo apoyara consecuentemente, como lo había hecho con otros jefes, pero jamás con él. El historiador Ramiro Guerra subrayó sobre este hecho en particular: «Como historiador no tengo penetración alguna contra el mayor general Vicente García, uno de los más grandes luchadores, hasta el fin de la guerra de los Diez Años […] es más, llego al extremo de justificar a Vicente García, por no haber querido ir a Las Villas, en las condiciones absolutamente adversas en que le designó el presidente Estrada Palma, hecho que condujo a una segunda sedición de sus subordinados en Santa Rita […].» (Guerra, 1972) Tomasito, como le llama en sus cartas el mayor general Vicente García, es harto conocido por todos los cubanos, no solo esto que refiere García en su periodo al mando del ejecutivo tras la salida de Spotorno, desde el 21 de marzo hasta el 19 de octubre de 1877. En la Guerra Necesaria, tras la muerte del mayor general José Martí, asume como delegado del Partido Revolucionario Cubano, se mantuvo la estructura del mismo, únicamente se modificó una cuestión importante: Al surgir el cargo de representante del Consejo de Gobierno en el exterior, José Dolores Poyo, presidente del consejo de Cayo Hueso, propuso la modificación de los estatutos del Partido para dejar explícitamente en ellos que el Partido siempre reconocería como delegado a ese representante —es decir a Estrada Palma—. Después de esto, solamente el cargo de tesorero se mantuvo como elegible. Con esta medida Tomás Estrada Palma consolidó su poder dentro del Partido, pues solo debía rendir cuentas al Consejo de Gobierno, algo muy difícil de hacer con regularidad. A diferencia de Martí, que siempre concedió gran importancia a la independencia de Puerto Rico, Estrada Palma consideraba que la acción del PRC debía concentrarse exclusivamente en la causa cubana El Partido bajo la dirección de Estrada Palma, se redujo a un simple club de recaudación de fondos y pertrechos. Como su fuerza se había asentado en el exterior, en la misma medida en que los emigrados regresaban a Cuba luego de concluida la guerra, el Partido se desintegraba. La apatía se manifestaba particularmente en la cotización, los tabaqueros de Cayo Hueso se negaban a pagar sus contribuciones, alegando que la guerra había terminado y en todas partes sucedía igual. Desde el interior de la Isla nadie se mostraba interesado en fortalecerlo. Entre los que querían ver al Partido desaparecer se encontraban los enemigos de la dirección política de Estrada Palma y elementos de pocos méritos revolucionarios interesados en la creación de nuevas agrupaciones políticas. Ante esa situación, Estrada Palma comenzó a trabajar abiertamente en la disolución del Partido Revolucionario Cubano bajo el argumento de que ya había cumplido su misión. A mediados de octubre de 1898 hizo cesar el Departamento de Expediciones y a finales de año, dio a la publicidad la circular en la que anunciaba de manera oficial la disolución del Partido. De esa forma concluyeron las funciones de la representación de la revolución cubana en el exterior. Estrada Palma actuó de forma unilateral, irresponsable, inconsulta e impune al disolver el Partido Revolucionario Cubano. En vez de pedir orientación a los órganos políticos de la Revolución, se limitó a informar su decisión en una carta al vicepresidente Domingo Méndez Capote, sin siquiera solicitar su autorización, y desconociendo tácitamente al presidente Bartolomé Masó. En su inteligencia abierta con los estadounidenses, Estrada Palma le recomendó entonces al General en jefe Máximo Gómez la disolución inmediata y sin compensación monetaria del Ejército Libertador. Según le comunicó a Gómez, sobre sus gestiones para obtener el reconocimiento de los haberes de los militares ante el presidente Mc Kinley, habían resultado inútiles. Sugería que los mambises se emplearan como obreros en los ingenios, solución para la cual estaba ya en trato con los hacendados de Cuba. Qué bueno era, que preocupado por aquellos que lo dieron todo en los campos de batalla y la emigración. El general Gómez se negó rotundamente a disolver el ejército sin una compensación monetaria y le respondió en una carta: «Razones de orden público, de alta política, de moralidad, me decidieron a oponerme y a seguir oponiéndome a que nuestros soldados que tantas pruebas de abnegación han venido dando, regresen a sus hogares destruidos, a sus campos yermos sin un centavo en el bolsillo […]». (Gómez, 1898) Fiel a su juramento, Estrada Palma permaneció en Estados Unidos hasta mucho después de ocupada la Isla por el ejército norteamericano, período en que una de sus pocas acciones públicas fue la de disolver el Partido Revolucionario Cubano en diciembre de 1898, al considerar que ya estaban cumplidos los objetivos que habían dado lugar a su creación. El 7 de septiembre de 1901, en carta al general Juan Ríus Rivera, Estrada expuso su programa de gobierno, en el que se plasmaba su disposición a una relación íntima con Estados Unidos y alertaba sobre la necesidad de interpretar de forma favorable la Enmienda Platt y de establecer un tratado de reciprocidad comercial con la nación norteña, mientras en asuntos de economía doméstica apuntaba hacia una austeridad extrema. ¿Entonces tenía toda la razón el general Vicente García cuando dijo en los momentos difíciles de la patria, y se le obligaba a cruzar la trocha para hacerse cargo del Departamento Central y que quiero reiterar: «[…] el presidente de la República, don Tomás Estrada Palma, trabaja confidentemente contra la Revolución, sobornando a los jefes que debían acompañarme a Las Villas para que no fueran.» (Archivo, 1877) Ahora retomemos el hilo de este trabajo: Sobre la deposición de Céspedes y todas las consecuencias que ello trajo al buen desempeño de la guerra, el mayor general Bartolomé Masó Márquez, candidato a la presidencia en aquellas primeras elecciones amañadas que ganó Estrada Palma, dice en su obra: «Días Grandes»: «Es un axioma que sin la Revolución del 10 de octubre no habría surgido la del 24 de febrero, como sin la deposición y muerte de Céspedes, probablemente no hubiese llegado a surgir el Pacto del Zanjón». (Masó, 1882) Ahora, no nos sintamos sonrojados cuando se hable de Laguna de Varona de forma despectiva, sintamos honor, estoy convencido, que no fue un acto deplorable ni sedicioso, fue un acto contra los que afrentaban al pueblo y su Ejército Libertador en nombre de la República, que ellos usurpaban. Para cerrar vuelvo al título de este trabajo: «La Convención de «Tirsán»; Guáimaro; la Cámara de Representantes y la deposición de Céspedes: ¿antecedentes y consecuencias directas de Lagunas de Varona?». Si, lo fueron y nadie lo puede negar, ahí están las pruebas en documentos que muchas veces no se dan a conocer, por pudor o por negar las mentiras que otros escribieron al respecto.